Las aguas del pacífico lo arrullaron al nacer, con ese vaivén de olas de inmensa espuma blanca, como su piel, como un contraste insolente a la arena gris de la playa.
No fue un niño como muchos. Por su casi ceguera no asistió a la escuela en sus tempranos años de vida, como el resto de sus hermanos y amigos, mas supo apreciar siempre lo sublime que se esconde tras las palabras, las tonadas y los ritmos.
Aprendió a tocar el acordeón antes que a leer y a escribir en toda regla, y sorprendió a la población entera cuando llegó a ser el organista de la parroquia de su pueblo.