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27 de septiembre de 2012

Disco del Sol

Vista aérea de la selva nicaragüense
Desde el ventanal de la sala de espera del aeropuerto internacional La Aurora, en la Ciudad de Guatemala, veía el lento pero creciente azul violeta de un amanecer de abril de 2007, mientras esperaba la orden de abordaje. Sobre ese paisaje se recortaba la silueta del 737-200 de Copa Airlines que me llevaría esa mañana a Nicaragua.

El aviso fue dado y los pasajeros comenzamos a abordar la aeronave. Minutos después el capitán nos daba la bienvenida y nos informaba acerca de las condiciones para el vuelo. Nos llevaría cerca de cuarenta y cinco minutos, luego del despegue, llegar a destino: Managua.

A las 6:10 el Boeing tomó la pista y se alzó sobre la ciudad en dirección norte, hasta alcanzar la altura permitida por aeronáutica civil, y entonces el avión giró casi ciento ochenta grados para quedar en ruta hacia el sureste centroamericano.

6 de abril de 2012

A la Reina de la Alegría

No puedo recordar con exactitud la forma en la que nos conocimos. Yo era un recién llegado, ella tenía ya varios años de tránsito por el lugar y reía con deliciosa alegría que contagiaba a todo el que estuviera cerca, como invitándonos al supremo gozo de la felicidad.

Sospecho que me tomó entre sus brazos y me dijo algo al oído, muy bajo para que quedara entre los dos, y sé que pudo haber sido así porque hoy, casi treinta y siete años después, en mi oído sigue resonando su voz como una especie de risueño consejero, más allá de los muchos kilómetros de distancia, e incluso, de la eternidad por la que ahora transita triunfante de haber cumplido su misión por este mundo, regalar alegría a todos a su alrededor, como se lo dictó el Dios de las alturas allá en los principios de la vida.

Mi Tía Cristy fue, ha sido y será una de las segundas madres para mí y para mi hermano. Le enseñó a mi hermano a cantar, a moverse como osito bailarín, a escuchar música suave sentados sobre sus piernas y a no estrellar contra el piso los huevos para el desayuno del siguiente día. A mí me enseñó los colores a pesar de su casi total cequera, a cantar las canciones de Cri Cri, que me gustaban tanto y a ella también, a escuchar a Verdi y disfrutar la magnificencia de los valses de Strauss, y me hizo entender, a los dos años, que bañarme en un Kilo de harina, sobre la mesa del comedor, no me haría más blanco.

17 de noviembre de 2011

Un regalo doble

Con tan solo 10 años, en 1985, conocí la nostalgia. Se me presentó de frente, desnuda, aunque de forma un tanto confusa para mi edad, y sin embargo no me desagradó. Sonaba en la radio constantemente, parecía inundar el dial, con su tonada melancólica y tierna a la vez.

Las primeras veces no supe identificar que eran tres voces distintas las que cantaban, y no fue sino hasta que una tarde, por pura casualidad, cambiando los canales en el televisor escuché la tonada y las vi: eran jóvenes, de rostros dulces. Una de ellas aparecía en escena entrando a la oficina de un ejecutivo, a quien le entregaba una copia del disco donde se incluía la canción. Él la vio un tanto sorprendido y cuando intentó hablarle ella decidió irse, con la mirada llena de nostalgia.