Un amigo me dijo, en una ocasión, que en la vida hay momentos en los que es mejor dar vuelta a la página y continuar, pero yo le respondí que, en ocasiones, ni siquiera cerrando el libro logramos escapar de los fantasmas que desde él nos asechan, sin darnos tregua; así me sucedió contigo.
Como quien dobla la esquina y se olvida de lo que quedó atrás, te diste la vuelta y con paso resuelto caminaste hasta llegar a la puerta del autobús; subiste los escalones y te perdiste entre los pasajeros que parecían observarnos desde las ventanillas. El piloto encendió el motor y se puso en marcha. No hubo una mano moviéndose en señal de despedida. No hubo un rostro sonriente, ni siquiera uno triste, tras ninguna ventanilla. No hubo nada.
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24 de febrero de 2014
Tu fantasma y yo
9 de diciembre de 2013
Alma gemela
Todos tenemos un alma gemela, y no nos importa de donde venga: si llegó antes o después que nosotros a esta vida, si es grande o pequeña, si comparte o no nuestros sueños, lo único que nos importa es que está ahí, a nuestro lado, y que el día que su existencia tome el tren de la eternidad una mitad de nosotros mismos se irá con ella.
Aunque él nació en 1973 y yo dos años más tarde ¡quién podría decir que no nos conocíamos de siempre, desde el principio de los tiempos? Cuando niños jugábamos a reinventar el mundo. Él, un excéntrico hombre de negocios, dueño de su propio zoológico; yo, su mejor amigo y a la vez el cuidador de sus mascotas . Él, una estrella de Rock; yo, su manager, músico o fan. Él, un gran astronauta; yo, su compañero de aventuras o la nave espacial (ya no recuerdo cual de los dos).
Para mí él siempre fue una especie de maestro que me enseñaba de todo en los primeros años de la vida, como las coreografías de las canciones de Los Chicos de Puerto Rico, los personajes de las series de televisión o a imitar a los luchadores de la WWF. Para él yo fui ese ser un tanto más pequeño al que debió proteger en alguna ocasión, y del que debió cuidarse en otra, inclusive fui el objeto de sus experimentos de resistencia física o mental, que terminó un poco más loco que él mismo.
Aunque él nació en 1973 y yo dos años más tarde ¡quién podría decir que no nos conocíamos de siempre, desde el principio de los tiempos? Cuando niños jugábamos a reinventar el mundo. Él, un excéntrico hombre de negocios, dueño de su propio zoológico; yo, su mejor amigo y a la vez el cuidador de sus mascotas . Él, una estrella de Rock; yo, su manager, músico o fan. Él, un gran astronauta; yo, su compañero de aventuras o la nave espacial (ya no recuerdo cual de los dos).
Para mí él siempre fue una especie de maestro que me enseñaba de todo en los primeros años de la vida, como las coreografías de las canciones de Los Chicos de Puerto Rico, los personajes de las series de televisión o a imitar a los luchadores de la WWF. Para él yo fui ese ser un tanto más pequeño al que debió proteger en alguna ocasión, y del que debió cuidarse en otra, inclusive fui el objeto de sus experimentos de resistencia física o mental, que terminó un poco más loco que él mismo.
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22 de mayo de 2013
Un amigo en común
Adriana me dijo: “Si lo quieres yo te lo regalo”. La ilusión se dibujó en mi rostro y, luego de pensarlo por un instante, acepté la propuesta. Salimos del Salón Obelisco de la Feria del Libro de Chacao, en Caracas, y nos dirigimos al stand de Editorial ALFA. Yo quise tenerlo desde que lo vi unos días antes, cuando hicimos un somero recorrido por la mayoría de stands de la feria y lo descubrí gracias a un poster que mostraba la carátula del libro: una fotografía a blanco y negro, en la que aparece sentado, con su guitarra y, sobre ésta, una franja roja en la parte superior donde podía leerse:
Facundo CabralLuego de pagar el importe tomé el libro entre mis manos y me dirigí al pequeño espacio habilitado para la firma de autógrafos de los autores. Percy estaba de espaldas a mí, por eso no me vio llegar. Se colocaba la chaqueta en actitud de retirarse del lugar. Advirtiendo su intensión, le hablé, le pregunté si podía firmar mi libro antes de marcharse.
Crónica de sus últimos días
Percy LLanos y Gabriela Llanos
24 de abril de 2013
Un Callejero
Llegó sin decir nada, sin pedir nada. Sin ropa, sin casa, con todo el hambre del mundo adherido a su esqueleto. Nadie le habló, nadie le preguntó nada, nadie quiso en un principio ofrecerle nada, pero él igual se quedó a vivir entre nosotros.
Tendría talvez cinco años..., no lo sé..., nunca lo sabré..., no es fácil saberlo. En sus ojos se advertía el paso de un mundo ingrato al que le tocó venir por la triste suerte de ser un callejero, la única herencia que recibió de sus padres.
Al ver su aspecto ruinoso, de vagabundo, todos lo veíamos con recelo, con temor, con angustia. “Hay que tener cuidado al pasarle cerca, no vaya a ser que un día de estos nos quiera hacer algo. Mire nada más cómo nos gruñe de lejos”, decían los vecinos cuando, cruzándose por la calle, luego de saludarse, lo veían de reojo.
Tendría talvez cinco años..., no lo sé..., nunca lo sabré..., no es fácil saberlo. En sus ojos se advertía el paso de un mundo ingrato al que le tocó venir por la triste suerte de ser un callejero, la única herencia que recibió de sus padres.
Al ver su aspecto ruinoso, de vagabundo, todos lo veíamos con recelo, con temor, con angustia. “Hay que tener cuidado al pasarle cerca, no vaya a ser que un día de estos nos quiera hacer algo. Mire nada más cómo nos gruñe de lejos”, decían los vecinos cuando, cruzándose por la calle, luego de saludarse, lo veían de reojo.
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6 de abril de 2013
Tres amigos y una canción
A veces la vida nos da la más fabulosa de las oportunidades: presenciar la magia que despliega, sobre un escenario, un alma sublime. A veces, esa magia nos envuelve y, sin darnos cuenta, nos involucra en sus artificios. A veces, un alma vecina es capaz de rebalsarnos por completo y complementar nuestro ser.
El incesante ring ring del teléfono de casa dejó de sonar en cuanto levanté el auricular. Su voz al otro lado se escuchaba emocionada. No me dijo sino: “Escuchalo, esto es maravilloso”.
Al otro lado del teléfono se escuchaba la emoción que producía, en el público asistente, reconocer desde los primeros acordes en el piano, una canción. Yo también la reconocí en seguida.
El incesante ring ring del teléfono de casa dejó de sonar en cuanto levanté el auricular. Su voz al otro lado se escuchaba emocionada. No me dijo sino: “Escuchalo, esto es maravilloso”.
Al otro lado del teléfono se escuchaba la emoción que producía, en el público asistente, reconocer desde los primeros acordes en el piano, una canción. Yo también la reconocí en seguida.
27 de septiembre de 2012
Disco del Sol
Desde el ventanal de la sala de espera del aeropuerto internacional La Aurora, en la Ciudad de Guatemala, veía el lento pero creciente azul violeta de un amanecer de abril de 2007, mientras esperaba la orden de abordaje. Sobre ese paisaje se recortaba la silueta del 737-200 de Copa Airlines que me llevaría esa mañana a Nicaragua.
El aviso fue dado y los pasajeros comenzamos a abordar la aeronave. Minutos después el capitán nos daba la bienvenida y nos informaba acerca de las condiciones para el vuelo. Nos llevaría cerca de cuarenta y cinco minutos, luego del despegue, llegar a destino: Managua.
A las 6:10 el Boeing tomó la pista y se alzó sobre la ciudad en dirección norte, hasta alcanzar la altura permitida por aeronáutica civil, y entonces el avión giró casi ciento ochenta grados para quedar en ruta hacia el sureste centroamericano.
El aviso fue dado y los pasajeros comenzamos a abordar la aeronave. Minutos después el capitán nos daba la bienvenida y nos informaba acerca de las condiciones para el vuelo. Nos llevaría cerca de cuarenta y cinco minutos, luego del despegue, llegar a destino: Managua.
A las 6:10 el Boeing tomó la pista y se alzó sobre la ciudad en dirección norte, hasta alcanzar la altura permitida por aeronáutica civil, y entonces el avión giró casi ciento ochenta grados para quedar en ruta hacia el sureste centroamericano.
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26 de febrero de 2012
Gesubambino
Gracias al hambre de los viernes por la noche, y a mi voraz apetito carnívoro conocí a Hugo, el parrillero de El Breve Espacio, un pequeño restaurante bar de la colonia 1º de Julio, lugar donde viví mis últimos quince años en Guatemala, y gracias a eso descubrí nuestra común afición por las canciones de sentido social y testimonial, conocidas comúnmente como canciones de protesta (La Nueva Trova.
Gracias a Hugo, los churrascos y las canciones conocí a Tito, el dueño de ese peculiar espacio de bohemia local al que concurría y aún concurre, aunque con menor frecuencia, un particular grupo de individuos de ideas progresistas, bohemios amantes de los versos de Neruda y Sabines, y de la jarana en todas sus formas, y hasta uno que otro cantante imitador a medias de Silvio Rodríguez, León Gieco o Eduardo Franco, vocalista de Los Iracundos. Entre estos últimos me contaba yo, conformando entre todos una suerte de clan, a modo de “La Crema Innata de la Intelectualidad Local”.
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3 de diciembre de 2011
Trip, el gusano viajero
Creo que en mi vida los seres mágicos, luminosos, extraños, a veces reales y otras no tanto, han jugado un papel importante. Desde los amigos, parientes, alguno que otro vecino, los cantantes en la radio, los escritores, los personajes de la televisión, más de una mascota y algún protagonista de cuentos me han inspirado y modelado.
La igualdad y el bien común han sido valores que desde pequeño aprendí, y que procuro poner en práctica a cada instante en mi vida. Fueron esos valores los que descubrí una tarde de febrero de 1997 gracias a Carlitos, mi primo, quien me hizo escuchar un cuento cantado y contado por un compositor uruguayo de canciones católicas.
21 de noviembre de 2011
Volar igual que las gaviotas
Desde la vista que ofrecía la puerta con barrotes de la prisión podía observarse el entorno circundante: una pequeña escalinata que desembocaba en una calle un tanto ancha, un pequeño puesto de frutas atendidas por un hombre de sombrero de paja que no dejaba de tararear para sí la misma tonada, y frente a esto una plaza de proporciones medianas, despejada, vacía.
Un hombre alto de tez morena clara se detuvo en el centro de la plaza y comenzó a pregonar que volaría, que lo haría ese día. Los que por ahí pasaban lo veían y le decían que semejante cosa era imposible, «las águilas, los colibríes, las gaviotas pueden volar, ¡pero los hombres no!». El hombre continuaba diciendo que volaría y un grupo de gente se reunió a su alrededor. El hombre extendió sus brazos como alas y se elevó ante la mirada atónita de los demás. No podía ser posible, era inaudito.
10 de noviembre de 2011
...y supón...
Una tarde de martes, soleada, a fines de noviembre de 1994, conversaba con dos amigos músicos, Edwin y Luis Enrique, en la habitación que ocupaba el segundo en una casa de huéspedes en el centro de la ciudad. Éste nos proponía la idea de armar una estudiantina en el colegio en el que él impartía clases de música. Luego de meditarlo acepté bajo la condición de ser una especie de asesor, pero sin participación directa ni obligatoria en los ensayos ni presentaciones.
Mientras conversábamos Luis Enrique tomó un cassete, lo colocó en su radio grabadora y oprimió la tecla de reproducir. Sonaban canciones extrañas para mí, nunca había escuchado algo semejante. Predominaba en la mayoría de las canciones una guitarra ejecutada virtuosamente, que acompañaba a una voz que me pareció masculina aunque bastante aguda y nasal.
7 de noviembre de 2011
La vida es coincidir
Nunca he tenido vocación de adivino, por eso no pude saber cuando nuestras miradas se cruzaron que esos ojos me reflejarían el resto de la vida, ni tampoco pude saber que sus manos delicadas cuidarían de mí, mas sí supe desde el comienzo de mis días que la mujer que la vida destinaba para mi existencia sería la que no me buscase, la que yo no buscara, la que por la pura y bendita suerte de la coincidencia me encontraría al mismo tiempo que yo a ella.
La vida nos plantó frente a frente, para mí, al alcance de una sonrisa, para ella, al alcance de un beso en la mano, la noche del sábado 4 de noviembre de 2006 en Caracas, hace cinco años. Conversamos apenas unos minutos, y luego nos despedimos. No fue sino la virtualidad, la internet, quien nos hizo coincidir nuevamente y para siempre. Por eso dedico a mi esposa, Adriana, este post, por su cumpleaños.
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