28 de mayo de 2012

Guacamole

Guacamole
De los placeres que nos ofrece la vida hay dos a los que no estaré dispuesto a renunciar jamás: la música y la comida. Suelen acompañarse entre sí con regularidad, casi siempre la comida es puesta por delante, y sobre esa base se elige la música más apropiada para la ocasión, inclusive algunas veces se la selecciona acorde al menú.

En algunos países, como es el caso de Guatemala, el almuerzo se acompaña con el bello sonido de la marimba. Valses, boleros, cumbias y guarimbas, entre otros ritmos, se escuchan en los equipos de sonido de los comedores y restaurantes, incluso en algunos de éstos hay un pequeño grupo marimbístico amenizando esa deliciosa hora.

En El Salvador sucede algo un tanto más curioso, y es que los compositores de esa tierra decidieron escribir canciones que hablan de algunas comidas del lugar, como el Atol de Elote y Las Pupusas (esas deliciosas tortillas de maíz rellenas de chicharrón, queso o frijoles, que se sirven con una generosa capa de repollo y zanahoria curtidos y un poco de salsa de tomate preparada en el sitio donde se las vende).

Pero el caso más curioso de todos los que conozco en materia del buen combinar la gastronomía con la música es el matrimonio resultante entre el guacamole mexicano y la creatividad de un excelente y original compositor argentino.

17 de mayo de 2012

Prestigio 9-40

Palacio Nacional de Guatemala y Plaza de la Constitución
Una soleada mañana de junio de 1987, alrededor de las 9:00, los alumnos y maestros de Tercero, Cuarto, Quinto y Sexto grado de la Escuela para Niños Ciegos Santa Lucía de la ciudad de Guatemala nos trasladábamos al centro de la ciudad para hacer un recorrido educativo por el Palacio Nacional (hoy denominado Palacio Nacional de la Cultura), para conocer su historia, sus salones y algunos datos curiosos sobre su construcción y los personajes que por ese recinto patrio han transitado.

Durante el camino Julio, Joaquín, Rolando, Byron y yo escuchábamos el pequeño radio a transistores de Rolando. Teníamos nuestras emisoras favoritas según la hora del día. Aunque normalmente a esa hora estábamos en clase, solíamos escuchar a la hora del recreo, las 10:15, La voz del hogar en el 940 AM, una radio de corte adulto contemporáneo, en la que sonaban muchos de los grandes baladistas de habla hispana de los 70s y 80s.

4 de mayo de 2012

Pequeña historia de un gran hombre

Las aguas del pacífico lo arrullaron al nacer, con ese vaivén de olas de inmensa espuma blanca, como su piel, como un contraste insolente a la arena gris de la playa.

No fue un niño como muchos. Por su casi ceguera no asistió a la escuela en sus tempranos años de vida, como el resto de sus hermanos y amigos, mas supo apreciar siempre lo sublime que se esconde tras las palabras, las tonadas y los ritmos.

Aprendió a tocar el acordeón antes que a leer y a escribir en toda regla, y sorprendió a la población entera cuando llegó a ser el organista de la parroquia de su pueblo.

21 de abril de 2012

Vestida de novia

Julieta Venegas vestida de novia
Al alzar la vista, luego de beber el último sorbo de mi copa, la descubrí. Por alguna extraña razón ella estaba sentada sobre la barra del bar, como si fuera la reina del lugar, y talvez por una broma del destino lo era, al menos para mí. Tenía un vestido blanco, de novia, veía a todas partes y con mirada azucarada intentaba seducir a los que por ahí pasaban, les hablaba de manera acompasada, rítmica, como si cantara, y talvez lo hacía porque los que la veían le hablaban de la misma manera.

Contra mi deseo, no pude levantarme de la silla. Su sonrisa, su cabello, su piel, todo su cuerpo y todo su espacio me petrificaron, no podía moverme, sólo podía verla, quería hablarle como los demás, quería musitarle lo que sentía, pero no logré moverme, y cuando intenté hablarle mi voz no salió.

6 de abril de 2012

A la Reina de la Alegría

No puedo recordar con exactitud la forma en la que nos conocimos. Yo era un recién llegado, ella tenía ya varios años de tránsito por el lugar y reía con deliciosa alegría que contagiaba a todo el que estuviera cerca, como invitándonos al supremo gozo de la felicidad.

Sospecho que me tomó entre sus brazos y me dijo algo al oído, muy bajo para que quedara entre los dos, y sé que pudo haber sido así porque hoy, casi treinta y siete años después, en mi oído sigue resonando su voz como una especie de risueño consejero, más allá de los muchos kilómetros de distancia, e incluso, de la eternidad por la que ahora transita triunfante de haber cumplido su misión por este mundo, regalar alegría a todos a su alrededor, como se lo dictó el Dios de las alturas allá en los principios de la vida.

Mi Tía Cristy fue, ha sido y será una de las segundas madres para mí y para mi hermano. Le enseñó a mi hermano a cantar, a moverse como osito bailarín, a escuchar música suave sentados sobre sus piernas y a no estrellar contra el piso los huevos para el desayuno del siguiente día. A mí me enseñó los colores a pesar de su casi total cequera, a cantar las canciones de Cri Cri, que me gustaban tanto y a ella también, a escuchar a Verdi y disfrutar la magnificencia de los valses de Strauss, y me hizo entender, a los dos años, que bañarme en un Kilo de harina, sobre la mesa del comedor, no me haría más blanco.

28 de marzo de 2012

Un romántico empedernido

A finales del año 1983 mi casa estaba invadida por una ráfaga de aires nostálgicos, melancólicos, románticos, de esperanza, de libertad que podían ponerle la piel de gallina a cualquiera, inclusive a los hombres de corazón de piedra.

En la radio se escuchaban canciones que invitaban a pensar en jardines, arco-iris, princesas vestidas de tul, juguetes multicolores, en el amor en todas sus formas, y, a veces, en alguno que otro hombre gris y taciturno.

Con tan solo ocho años no me resultaba fácil apreciar tantos matices, tantas formas diversas, y sin embargo comprendía las tonalidades primarias y jugaba a descomponerlas tratando así de simular lo que percibía a mi alrededor.

26 de febrero de 2012

Gesubambino

Gracias al hambre de los viernes por la noche, y a mi voraz apetito carnívoro conocí a Hugo, el parrillero de El Breve Espacio, un pequeño restaurante bar de la colonia 1º de Julio, lugar donde viví mis últimos quince años en Guatemala, y gracias a eso descubrí nuestra común afición por las canciones de sentido social y testimonial, conocidas comúnmente como canciones de protesta (La Nueva Trova.

Gracias a Hugo, los churrascos y las canciones conocí a Tito, el dueño de ese peculiar espacio de bohemia local al que concurría y aún concurre, aunque con menor frecuencia, un particular grupo de individuos de ideas progresistas, bohemios amantes de los versos de Neruda y Sabines, y de la jarana en todas sus formas, y hasta uno que otro cantante imitador a medias de Silvio Rodríguez, León Gieco o Eduardo Franco, vocalista de Los Iracundos. Entre estos últimos me contaba yo, conformando entre todos una suerte de clan, a modo de “La Crema Innata de la Intelectualidad Local”.